“Out of the Past”. Una historia verdadera…

MUCHA. Mujer croata

Escenas en el Aeropuerto de Belgrado

He tenido que escribir esto para no olvidar. Historia magistra vitae est… ¿o no?

El vuelo a Madrid despegaba al mediodía. Faltaban todavía un par de horas para salir hacia el aeropuerto. Nos habíamos despertado pronto. A decir verdad, yo había pasado la noche en duermevela. No veía el momento de arrancar la operación salida. Percibía desde hace días, señales inequívocas y perturbadoras procedentes de mi madre y mis tías, de manera que mi intuición no me dejaba dormir. Y no es porque fuera especialmente intuitiva, no; la mía era una intuición muy bien informada. Sentía pavor ante el inexorable martirio de hacer las maletas.

Nosotros éramos dos, Alejandro y yo, y las maletas, tres. Dos grandes y una de mano. Aparte llevábamos un cuadro, una pintura al óleo. La ropa de ambos había entrado perfectamente en una maleta, la más pequeña, mientras que el otro maletón en la báscula casera, apoyada sobre y empujada por la rodilla de Alejandro, pesaba ¡47kg! ¿Qué demonios llevaba dentro? Pues, a ver, entre otras cosas, un kilo de mermelada de albaricoque y otro de ciruela, un kilo de queso blanco semicurado, medio kilo de nata ácida curada (kajmak) ¡palabras mayores!, un litro de aguardiente de albaricoque, un litro de rakija de ciruela y uno de licor de guindas (višnjevača), un kilo de confitura de guindas, y …un litro de zumo de ¡ALOE! Según mi madre eraAloe de California, muy importante para la regeneración de la mucosa intestinal, y no, ¡en España NO HABÍA! sólo en Serbia.” Y la lista seguía: un gallo asado -atención, no se trataba de un pollo común sino de un gallus serbicus. No cabía en el horno de casa por lo que lo habían tenido que llevar al amanecer a una panadería para asarlo. Y, por último, una máquina para picar carne de las antiguas, de hierro y con manivela (en España “no había”, como era de esperar).

La noche anterior Alejandro sufrió una conmoción cuando vio el susodicho gallo plácidamente descansando en una fuente en la mesa de la cocina.

  • ¿Qué es esto?
  • El regalo de mi tía, cariño, es un gallo muy especial: mi tío lo ha paseado como un perrito durante meses por la pradera para que primero comiera la hierba fresca de la madre Serbia y luego lo ha cebado con maíz -cosa seria-, por eso parece más un cordero que un pollo.
  • ¿Y, nos lo tenemos que llevar pa´ Madrid? Estás de coña, ¿no?
  • No te preocupes, cielo, lo van a despedazar, va a perder volumen.

Yo estaba más que acostumbrada a lidiar y aguantar las feroces embestidas de los mandatos de mi madre, pero Alejandro no. Por eso sentía la obligación moral de tranquilizarle aun con medias verdades, porque nadie mejor que yo sabía cómo los mandatos de mi madre podían anularte. Y, si ni siquiera hablabas su idioma para intentar defenderte, te convertías en un ser sin voluntad. Además de no conocer límite, su demanda era como la gota malaya. Ganaba siempre por abandono del contrario, quien por puro agotamiento deponía las armas. Yo sabía que había que emplear la táctica de aparentemente no hacer ni caso, aunque había que hacer de tripas corazón porque ella no entendía tu fingido desdén y sabías que le dolía, pero no podías cometer el error de entrar en la pelea. Cedías hasta cierto punto y dejabas que la realidad obrara el resto. Al final ella se tenía que rendir a la evidencia en cualquier ámbito de la vida.

Y bien, volvamos al maletón: todo iba en tarros y botellas de vidrio, arropado y amortiguado con nuestra ropa sucia, cuidadosamente distribuida y previamente sigilosa y hábilmente “secuestrada” por mi madre. El espectáculo era indescriptible.  Mis explicaciones, súplicas e intentos de desarmarla con humor no servían de nada: que no vivíamos en la Antártida, que en España la gente también comía, que no se entendía cómo vivía el resto de la humanidad sin conocer la ambrosíaca gastronomía serbia… Después pasaba a la tímida amenaza: que no tenía la menor intención de pagar ni un solo céntimo de sobrepeso, que sólo teníamos derecho a llevar 20kg por cabeza…. Pero todo fue en vano. Exhausta y derrotada al final sólo pude exigir:

  • Llevaos una bolsa por si tenéis que devolver cosas a casa, que no quiero escándalos en público. Más de lo estrictamente inevitable –pensé en ese momento-.

Llegamos al aeropuerto y nos pusimos en la cola para facturar. Y dice el empleado del mostrador:

  • Deben Uds. deshacerse de unos 15kg como mínimo, de lo contrario no entran en el avión que va lleno.

Mi emprendedora madre, inasequible al desaliento, con sus reflejos de puma, inmediatamente seleccionó y acorraló a una incauta viajera en la cola detrás de nosotros y consiguió en un tris que accediera ¡a saber qué le diría! a facturar una de nuestras maletas como suya; la de la ropa, así nosotros compartíamos el peso del maletón culinario. Abrumada por la energía arrolladora que emanaba de mi progenitora, la desprevenida víctima sólo consiguió balbucear con una sonrisita tímida y compungida: “¿No llevarán nada peligroso, verdad?”… Y mientras, mi madre, que ya no le hacía ni el más mínimo caso a la mujer cazada, me lanzaba a mí una sonrisa entre triunfal y acusadora…

  • ¿Ves como sí se puede? Te quejas de vicio, sólo para herirme…

En el ultimísimo momento Alejandro cayó en la cuenta y preguntó:

  • ¿Viaja Ud. hasta Madrid?
  • ¡No, yo voy sólo hasta Múnich!, -dijo la víctima-. Eso quiere decir que nuestra maleta también se quedaría en Múnich, o sea que, ¡ni hablar del asunto!

¿Qué nos quedaba, pues? El trasvase de maletas. Yo, como un basilisco en ebullición por la vergüenza propia y ajena, abrí la maleta y empecé a sacar cosas en medio del aeropuerto. Todo el mundo podía disfrutar de las vistas de nuestra ropa íntima sucia. Mi amigo Boki, que nos había traído al aeropuerto, discretamente distrajo su mirada hacia otro lado.

Y esto iba así: yo sacaba las cosas por un lado y al mismo tiempo, mi madre las devolvía a la maleta por otro:

  • No esto no, justo esto es MUY importante; no esto tampoco, esto es MÁS importante todavía…, ¡BAH! mira cuántos libros llevas, claro, ahora lo entiendo, lo que pesa tanto son TUS LIBROS, ¡¡como siempre!!

Alejandro decidió tomar cartas en el asunto y con movimiento enérgico sacó la máquina de picar carne, no veía el momento de quitársela de encima. En la intimidad la llamaba “la máquina del tiempo”. Blandiendo el armatoste en mitad del aeropuerto, dijo con gesto y voz firmes: “Esto sí que no nos lo llevamos”. No hacía falta traducción. Pero, para la mirada que le lanzó mi madre, sí que no se habían inventado adjetivos en ningún idioma conocido. Ahora bien, se obró el milagro, por fin se calló y admitió la derrota. El varón ha hablado, había que obedecer [sic].

En medio de todo este sainete balcánico, se me acerca una azafata de tierra que resulta que había sido compañera mía en la Facultad de Filología donde ambas estudiábamos inglés, no diré hace cuántos años. Blanca, que así se llama la mujer, seguía igual de guapa, seductora con todo bicho viviente, siempre impecable y con ese movimiento de pelo que a los sujetos seducidos los dejaba bizcos. Nos habíamos visto, reconocido y saludado cariñosa y efusivamente justo cuando mi tropa y yo entrábamos en el aeropuerto. Charlamos un ratito y luego ella siguió con su trabajo. Bueno, pues, viene Blanca corriendo toda azorada y me dice:

  • Me vienes que ni pintada, por favor, que tú hablas español, ven conmigo!”

Eché un vistazo hacia el grupo que ella señalaba con la mano mientras me tiraba del brazo y me quedé momentáneamente en un estado de incredulidad. ¿Estoy soñando? En medio del grupo que se encontraba a unos quince metros de nosotros, rodeado de unos cuantos tíos altos y anchos como los antiguos armarios roperos, hacía aspavientos un señor pequeñito, rechoncho, con una melena rizada, morena y que me sonaba mucho pero no sabía de qué. ¡Y quién se iba a esperar que nos toparíamos en el Aeropuerto “Nikola Tesla” de Belgrado con ¡el mismísimo Pelusa! Mientras yo casi me pellizcaba para ver si no estaba delirando, escuché la voz de mi amigo Boki llena de reverencia y emoción:

  • ¡Es MARADONA!

Pues sí, era Diego Armando Maradona armándola. Blanca tiraba de mí de tal manera, que no tenía otra que abandonar a Alejandro solo ante el peligro, es decir enfrentado al maletón, la máquina de picar carne antediluviana y a mi madre enfurruñada.

Me acerqué al grupo y pregunté al primer “armario ropero” en serbio. Me dio, por lo que fuera, que ése no era argentino.

  • ¿Necesitáis ayuda? Me han dicho que hace falta alguien que hable español.

Me lanzó una mirada de soslayo de muy pocos amigos y me espetó, desabrido:

  •  Todo está en orden señora, no necesitamos nada.

Solo le faltó añadir: -“Circule”

  • Vaya, -pensé-, justo lo que me faltaba, unos gorilas para rizar el rizo, el día ya está yendo de sobresalto en sobresalto.

Y le lancé a Blanca una mirada elocuente que a buen entendedor, de miradas, decía:

  • ¿Para qué me has traído a esta barahúnda, hija?

Pero antes de que pudiera dar media vuelta y volver a mi sainete particular, se me dirigió, esta vez en español, otro gorila, éste por suerte con una amable sonrisa:

  • Ah, qué sueerte, vos hablás casteshaano, vení conmigo por favor!”

Y sin explicarme nada más me invitó a acompañarle al mostrador de facturación. En el mostrador que estaba abierto solo para ellos, para el vuelo de Maradona y su séquito, -que volaban en avión privado-, ya me fui enterando poco a poco de qué iba la cosa. Mi misión era explicarle al funcionario que querían despegar ya, ¡pero ya mismo! -eran alrededor de las 10 de la mañana-, a pesar de que su vuelo estaba programado para la última hora de la tarde. El funcionario me miraba ceñudo con una mezcla de infinito aburrimiento e irritación.

  • No se puede despegar fuera del horario programado por mucho que vuelen en avión privado. Las pistas y los slots están rigurosamente programados y asignados, no hay ningún hueco antes de su hora.

Traduce-que-te-traduce… se lo cuento todo con pelos y señales al gorila argentino amable. A todo esto, él llevaba una bolsa de viaje de tela negra bastante voluminosa y que pesaba lo suyo, de la que no se despegaba ni muerto. El funcionario le indicó que debía facturarla, pero el acompañante del Pelusa hizo un gesto como diciendo “por encima de mi cadáver, esta bolsa va conmigo y punto”. Yo, viendo el feroz gesto que le mudaba el rostro al argentino, mientras se negaba a facturar ese pedazo de incordio que claramente no parecía equipaje de mano para cosas de primera necesidad, no podía evitar ser malpensada y me preguntaba qué llevarían dentro de la dichosa bolsa.  Hasta hubo algo de forcejeo en el mostrador para ver quién decidía el destino final de la pieza de equipaje, pero se ve que el funcionario no quería meterse en más jardines y desistió en su afán “facturador”. En cuanto a la hora del vuelo, el argentino, incansable, siguió esgrimiendo vehementemente sus argumentos pero el funcionario, con todo el tiempo del mundo, defendía los suyos y no hubo nada que hacer.

Finalmente, en un impasse le pregunté al miembro del séquito de Maradona:

  • Pero, ¿qué hacéis en Belgrado? ¿Es esto una escala corriente y estáis intentando acortarla o qué ha ocurrido?

Y el hombre, que parecía esperar que alguien se interesase por lo que él vivía como un infortunio, por fin desembuchó.  Resulta que Maradona y sus acompañantes venían invitados por Emir Kusturica que por aquel entonces estaba inmerso en su documental “Maradona by Kusturica”.

El afamado director, cuyo proyecto debía de andar ya en la fase de edición, invitó a Maradona a su casa pero se le olvidó explicarle un detalle “baladí”, y es que en Belgrado tenía una residencia, sí, pero “su casa” estaba en Mokra Gora, en la montaña de Zlatibor, a unos 200 km y aproximadamente 4-5 horitas de autobús al suroeste de Belgrado.

Total, que los argentinos, que habían volado primero hasta Copenhague, se levantaron a las 5 de la mañana para coger el avión -privado- a Belgrado, pensando que iban a comer en casa de Kusturica en la capital serbia y marcharse de nuevo sobre las 7 de la tarde a donde quiera que tuvieran previsto volar. Estaban que “fumaban en pipa” como dicen es su tierra, cabreadísimos y hasta el gorro. Kusturica les había enviado una furgoneta con chofer, que debía de ser aquel gorila borde que me dijo que todo estaba en orden, pero ni de chiripa llegaban a comer en Mokra Gora y volver a coger el avión. Por no hablar del palizón. Y para colmo habiéndose levantado al amanecer en Copenhage. Parecía, además, que estaban llamando al Divo-Kusta y éste no cogía el teléfono o simplemente no tenía cobertura en su paraíso terrenal, escondido en lo más frondoso y fragante de la Serbia salvaje. De manera que ahora estaban atrapados en el pequeñísimo aeropuerto de Belgrado sin nada que hacer hasta la tarde-noche y querían adelantar el vuelo valiéndose de la fama del Divo-Dieguito.

Ciertamente, todo un cúmulo de despropósitos lógicamente aderezado con un mosqueo monumental y ganas de bronca que pa’ qué. Acompañé de vuelta a su grupo a mi gorila amable que me agradeció la ayuda.  Hasta Dieguito volteó la cabeza e hizo un gesto gentil de agradecimiento y allí acabo mi papel en ese embrollo. No sé qué fue de ellos después y si a día de hoy, Divo-Kusta y Divo-Dieguito se dirigen la palabra o han perdido las amistades. Yo me fui corriendo para ver en qué fase se encontraba mi sainete familiar.

Había dejado a Alejandro con la “operación trasvase” y bueno, al final del numerito, se consiguieron unos meritorios 8,5 kg de rebaja (sólo la máquina de hierro pesaba 4,5kg) y el empleado del mostrador, resignado y acostumbrado a lidiar con nuestra “diáspora hambrienta en pleno ataque de patriotismo gastronómico” por fin dijo:” Bueno, va, ¡pasen!” Y el maletón, debidamente facturado, se alejó de nosotros por la cinta trasportadora, soltando discretos efluvios del sagrado kajmak con el que esperábamos tener un emocionado reencuentro en Barajas, habiendo sobrevivido todos antes, con suerte, la escala muniquesa.

Una pequeña digresión; estimados lectores que no conozcáis los países de la extinta Yugoslavia: no es posible explicar con palabras qué es kajmak. Si no programáis uno de vuestros futuros viajes por aquellas tierras, seguiréis viviendo sin conocer el misterio.

Bien, pues, logramos llegar al control de seguridad y la aduana. Llevábamos con nosotros la maleta de mano y el cuadro, sonrisas sumisas y debida obediencia a la autoridad competente, frente al policía que nos espetó nada más vernos:

  •  Enséñenme el certificado del Instituto para la Protección de Monumentos!
  • ¿¡Mande!?

Y el policía prosiguió categórico:

  •  Necesitan el certificado del valor de la pintura y el resguardo de haber pagado el impuesto de exportación. Se obtiene en la calle Radoslava Grujica núm. 11. Sin eso no se pueden sacar las obras de arte del país.
  •  ¡Primera noticia!
  •  Sin el Certificado la pintura no sale. Llamen a los que les han traído y que se la lleven.
  • ¡Pero, si se han marchado ya!
  •  Llámenles al móvil; el cuadro no sale”.
  •  ¡Ay!, señor, por favor, no me haga eso, es una pintura muy barata, le gustó a mi marido. Es su primera visita a Serbia y le ha encantado, sabe Ud., es una pintura de la Catedral y el Patriarcado (intento tocar la fibra de la identidad nacional, que se articula básicamente en torno a lo religioso…). Belgrado lo ha dejado epatado, tenía Ud. que verlo…

Y venga a llorar. De repente aparece una joven aduanera que surge de la nada: rubia de cara angelical, peripuesta, taconazo, uniforme ceñidísimo, todo un pivón con aspecto de gacela delicada, pero que al mismo tiempo desprendía un inequívoco aire de dominatrix tanto que, inconscientemente, Alejandro y yo, cada uno por su lado estirábamos el cuello para ver dónde llevaba escondido el látigo. Y por esa boquita salió:

  • ¡ESOS HIJOS DE PUTA no le dicen nada a la gente para que no desista de la compra y saben perfectamente que hace falta El Certificado!

Yo, enmudecida ante semejante exabrupto en combinación con una arbitrariedad que se ejercía con naturalidad pasmosa a la hora de aplicar el supuestamente sacrosanto reglamento, asistí aliviada a la sentencia final:

  • Bueno, vale, como su marido es extranjero, no vamos a dar el espectáculo en su primera visita. ¡Pase por esta vez!

Alejandro con los ojos desorbitados, solo escuchaba lo que para él era griterío ininteligible que le debía de recordar como mínimo las escenas de “El Expreso de Medianoche”. El hombre no entendía nada y se dejaba empujar hacia las casetas de control de pasaportes, mientras en sus ojos yo leía ”¿Qué está pasando, dime qué está pasando?”

  • Tira pa´lante -le dije- no vaya ser que aparezca otro personaje superior en rango y nos haga volver atrás, luego te cuento.

¡Cruzamos la frontera! Y cuando por fin estaba respirando el aire libre del Duty Free Shop, de repente Alejandro, el flamante “yerno de los serbios” (srpski zet) va y dice:

  • ¿Oye, no habrás sacado de la maleta justo el aguardiente que a mí más me gusta?

¡¡¡SOCORROOO!!! ¡Se le ha pegado la veneración por la rakija del pueblo serbio! -pienso-, pero lo que le digo es:

  • No te preocupes, cariño, he sacado el de ciruela, el de albaricoque va con nosotros. Y ahora, voy a la tienda para comprar otro litro para ahogar en él mis penas.

¡Živeli! (¡SALUD!)

PD. Aquí os dejo algo de banda sonora y, lo dicho: ¡ ŽIVELI!

 

 

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